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13 mar 2010

La Homosexualidad (Parte I).

En este artículo queremos presentar las causas que llevan a la homosexualidad y las posibilidades de que quienes luchan con dificultades homosexuales logren un cambio. Hace más de diez años apareció el libro de la Dra. Elizabeth Moberly Homosexuality: A New Christian Ethic (Homosexualidad: Una nueva ética cristiana), que revolucionó el pensamiento cristiano sobre la homosexualidad. Después de años de investigaciones, Moberly ofreció una nueva comprensión de las causas de la homosexualidad. Antes, especialmente por la influencia de Freud, se pensaba que el problema residía en la dificultad para relacionarse con el sexo opuesto, inconveniente que nacería en la primera infancia. Moberly desafió esta posición y afirmó que la dificultad radicaba en la relación con el mismo sexo, especialmente con el progenitor del mismo sexo. Cuando nace un varón se enfrenta con algunas tareas emocionales significativas. Nacido del cuerpo de una mujer (su madre) tiene que “desidentificarse” con ella para identificarse con la figura masculina (su padre). Debe recibir de su padre el amor, la aceptación y la confirmación necesarios para seguir en su proceso de desarrollo psicosexual. Si por alguna razón esto no llegara a ocurrir, surgirían consecuencias graves para el niño, una de las cuales puede ser la falta de madurez emocional psicosexual que lleva a una orientación homosexual. Esta carencia de una relación positiva, íntima y satisfactoria con el padre engendra un vacío emocional y necesidades insatisfechas que la madre no puede suplir porque es un asunto de varones. Muchas circunstancias rompen la relación entre el hijo y el padre: padres violentos que no se acercan a sus hijos con una actitud positiva; padres ausentes física y/o emocionalmente; hombres que no logran una relación físicamente afectiva con sus hijos (muchos porque nunca la tuvieron con su propio padre). Algunas niños “piensan” inconscientemente: “Si ser hombre es ser como mi padre, no quiero ser hombre…” ¿Qué les queda? El vacío de identidad o identificarse con una figura femenina. Con las niñas puede suceder algo parecido, pero como nacen de una mujer, el proceso de identificación es más sencillo, ya que la misma madre les sirve de modelo. Quizás por esta razón haya una proporción de una lesbiana por cada cuatro homosexuales. Si la niña no hace el proceso de identificación con una madre que apruebe y confirme su feminidad, puede sobrevenir el lesbianismo. Volvamos al ejemplo del varón. El niño va creciendo con el vacío del amor y de la aceptación que necesita de su padre. Al ingresar en la nueva etapa de la pubertad, la necesidad de amor paterno se erotiza, justo en un momento de descubrimiento y experimentación sexuales propios de esa edad. En esa situación el niño es muy vulnerable a un encuentro homosexual. Como dice un amigo mío: “El chico sale en búsqueda del amor de su padre en los brazos de otros hombres”. Si siguen los encuentros con otros hombres, el descubrimiento del sexo anónimo, o la ilusión de haber encontrado “la persona” en la compañía de otro hombre, se establece el patrón de conducta que lleva a un estilo de vida homosexual. En otras palabras, el joven busca satisfacer una necesidad emocional con la actividad sexual, por lo que la actividad sexual nunca resolverá el problema. Sy Rogers, ex presidente … de Exodus Internacional de Norteamérica, me comentaba que el 80% de quienes lo buscaban en su ministerio solicitando ayuda para abandonar la homosexualidad, tenía una historia de abuso sexual en la infancia o adolescencia. Esto no significa que todas las personas que son abusadas sexualmente serán homosexuales, sino que el abuso sexual contribuye a inhibir el desarrollo psicosexual posibilitando en algunas personas inclinaciones homosexuales. Por lo que ya hemos dicho, podemos entender por qué las madres no pueden resolver la situación de sus hijos varones. Sucede que ellos necesitan el amor de su padre, un hombre que los ame y les confirme su sexo. Por esto de nada vale decir: “Fui madre y padre de mis hijos”. Quizás las mujeres pueden cumplir el rol de padres, pero no logran brindar a los hijos varones el amor de un hombre, que tanto necesitan. Al considerar la estructura y la dinámica familiares de nuestra cultura, apreciamos el grave problema que enfrentamos como sociedad. Lamentablemente, la crianza y la educación religiosa de los hijos han sido delegadas a la mujer. Me acuerdo de una amigo que me comentaba sobre un conocido suyo que lloró en su presencia al admitir que su hijo era homosexual: “Hice lo que consideré era lo mejor: entregué mis hijos a mi esposa para que ella los criara”. En líneas generales, a los hombres en nuestra cultura se les ha enseñado a ser machos, a no demostrar sus emociones —mucho menos a otro hombre o a su propio hijo. Es hora de enseñar a los hombres a ser “machos espirituales”: firmes pero tiernos; con decisión pero con comprensión; líderes pero atentos a los deseos de la familia; además fieles a sus esposas, amorosos y con aprobación para con sus hijos. Es la manera de prevenir la homosexualidad. Pero ¿cómo podemos ayudar a las personas que ya se encuentran en esta situación, que ya son homosexuales? Me gustaría compartir con ustedes algunas ideas provenientes de mi práctica psicoterapéutica. “Tomado del Consejero Bíblico http://www.luispalau.net, usado con permiso.”
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La sexualidad cristiana

La sexualidad humana se extiende por casi todas las áreas de nuestra vida. La sexualidad implica mucho más que las diferencias físicas entre los hombres y las mujeres y va más allá del acto físico sexual en el matrimonio. Es la expresión de toda la persona entera que vive la sinfonía de la existencia humana. Los cristianos necesitan una comprensión bíblica de la sexualidad. Entender nuestra sexualidad es esencial para determinar nuestras relaciones con las demás personas y para manejar apropiadamente los deseo físicos que Dios nos ha dado. Tal entendimiento nos permite tanto entender el significado verdadero de la sexualidad, como rechazar las ideologías provenientes de la cultura. La sociedad se ha vuelto más indulgente puesto que ha redefinido la base y el significado de la sexualidad. La ha convertido en una relación casual que se expresa en un acto físico sin tomar en cuenta a la persona por entero, ni las consecuencias que siguen al goce del momento. En vista de lo cual ha disminuido el respeto a la persona, mientras que el egoísmo se ha elevado a un nivel que contradice lo que Dios ha dispuesto. El Libro del Génesis nos dice: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Genesis 1:27). La segunda frase de este versículo explica la primera frase. Ademas Génesis sugiere que Dios no es un Ser solitario, sino un Ser relacionar (Genesis 1:26). Puesto que el hombre y la mujer fueron creados para tener comunion con Dios, no podian funcionar como seres aislados. Creados a la imagen de Dios, eran seres sociales. Debido a que básicamente son identicos el uno y la otra, tienen la posibilidad de lograr una comunion intima. Ella y él son personas hechas a la imagen de Dios. Pero debido a que también son distintos entre sí, hay que tomar en cuenta otra dinámica, es decir, la sexualidad humana. Cuando se toman en cuenta los aspectos biológicos de la sexualidad, uno trata con sólo una parte de nuestra humanidad. Cuando se considera el aspecto relaciónal de la sexualidad se ve al hombre y a la mujer desde una perspectiva distinta y más alta, es decir, su creación a la imagen de Dios. Debido a que fueron creados a la imagen de Dios (su persona) y fueron creados como mujer y como hombre (su sexualidad), su potencial relaciónal va más allá de la experiencia de intimidad física. La relación hombre-mujer tiene dos dinámicas principales. La primera es el conocimiento y la afirmación de nuestra identidad sexual -el ser hombre o mujer. Es importante, si uno desea experimentar la sexualidad tal como lo dispuso Dios, que la persona esté agradecida de ser un hombre o una mujer. La segunda dinámica lo lleva a uno más allá de la identidad sexual e involucra al sexo opuesto. El reconocimiento de la masculinidad y de la feminidad no necesariamente involucra la intimidad sexual. El hombre y la mujer fueron creados, no sólo para la procreación, sino con la intención de que formen relaciones. La interdependencia mutua puede enriquecer a las dos personas. La sexualidad humana tiene ramificaciones que trascienden tanto a las relaciones no matrimoniales, como a las relaciones matrimoniales. La relación entre hombres y mujeres hace posible que las personas experimenten la imagen de Dios. Dios es un Ser-en-relación: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Se le puede entender mejor a través de las relaciones en Sus distintas personas. De igual manera ocurre con los hombres y las mujeres; su naturaleza sexual se experimenta mejor cuando se hace en relación con su estado de hombre y de mujer. La aceptación de nuestra naturaleza masculina y femenina también es importante en la relación matrimonial. Establece al amor como algo más que el deseo sexual. Existe un reconocimiento de plenitud mutua cuando una persona busca a la otra, cuando una persona se hace responsable por el bienestar de la otra persona. Esta aceptación también es significativa para el propio acto sexual físico. El mandato divino de sexo en el matrimonio no niega el deseo natural. Más bien, cuando ocurre dentro del matrimonio donde ocurre la vinculación emocional, hace que la expresión sexual sea más libre y satisfactoria. El convertirse en una sola carne sugiere un intercambio que uno no puede retractar ni denegar. El Libro del Génesis lo llama “conocimiento,” cuando dice que “Conoció Adán a su mujer Eva “(Genesis 4:1). La palabra “conocer” implica un intercambio profundo e inexpresable de comunicación, una experiencia de identidad mutua. Es el convertirse en “una sola carne” (Genesis 2:24). El matrimonio provee para que la union fisica sexual tome lugar en una relación correcta, en el momento apropiado y con la persona indicada. La unidad que se obtiene con la experiencia sexual establece la razón para que se practique la abstinencia antes del matrimonio. Dwight Small dice que el acto físico “involucra y afecta a todo el hombre y a toda la mujer en el verdadero centro de su ser, de forma que después de que ocurre, ninguno de los dos pueden volver a ser como eran antes de unirse.” (1) Pablo sugiere que tener una relación sexual fuera del matrimonio es convertirse en un miembro de la comunidad del mal (1 Corintios 6: 16-17). Ser infiel en el matrimonio es fallar en la responsabilidad de mantener el bienestar total de la otra persona. Las relaciones sexuales con personas que no son el cónyuge dañan la personalidad del matrimonio. Se rompe la unidad de la relación. La infidelidad también ocurre cuando ya no se considera necesario mantener el pacto hecho al comprometerse a esta relación. Se deja de creer que el cónyuge es verdaderamente humano. En vez de ver al cónyuge como una imagen de Dios y como un compañero para toda la vida, se le considera como un objeto físico o algo peor. Por ende, los atributos atractivos de la otra persona se pierden ya que se separan del compromiso de fidelidad entre las dos personas. Por lo tanto, se presenta la tentación de romper el compromiso matrimonial y de buscar la intimidad en otros lados. El resultado deshumaniza a las personas involucradas y destruye los lazos del matrimonio. Dios nos dio la sexualidad humana para nuestra plenitud, nuestro regocijo y para la procreación. Experimentar nuestra humanidad realmente es encontrar lo que significa ser creado a la imagen de Dios. Por lo tanto, los cristianos deben celebrar su sexualidad individual, reconocer su capacidad para ser saludablemente sexuales en relación con otra persona. Dwight Harvey Small, Christian Celebrate Your Sexuality
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